La cooperación y el apoyo mutuo, Manuel Taijaku Ortega

 

La cooperación y el apoyo mutuo.

Artículo de Taijaku

 La cooperación y el apoyo mutuo están en el corazón de cualquier proceso educativo que aspire a ser verdaderamente humano. Durante mucho tiempo la escuela se pensó como un espacio de competencia individual, donde cada estudiante debía destacar por encima de los demás. Sin embargo, la experiencia pedagógica y la investigación contemporánea han ido mostrando algo distinto: aprendemos, sobre todo, en relación con otros.

Aprender no es simplemente acumular información. Es participar en una comunidad donde se comparten preguntas, se contrastan ideas y se construyen significados. El conocimiento, en ese contexto, deja de ser una propiedad individual para convertirse en una experiencia compartida.

Esta manera de entender el aprendizaje tiene raíces profundas en el pensamiento pedagógico moderno. El psicólogo y pedagogo Lev Vygotsky mostró con claridad que muchas de nuestras capacidades cognitivas se desarrollan en la interacción social. Según su planteamiento, lo que primero ocurre entre personas —en el plano compartido— acaba siendo interiorizado después por cada individuo. En otras palabras, la cooperación no es un simple recurso didáctico: es una condición del desarrollo humano.

El apoyo mutuo juega aquí un papel decisivo. Ayudar a otro a comprender algo no solo beneficia a quien recibe la explicación. Quien explica también aprende. Al intentar aclarar una idea para otro, uno se ve obligado a ordenar su pensamiento, precisar conceptos y buscar nuevas formas de expresarlos. De este modo, la cooperación crea una dinámica en la que todos aprenden más profundamente.

Además, el apoyo mutuo introduce una dimensión ética en la educación. En lugar de reforzar la rivalidad, favorece valores como la solidaridad, la empatía y la responsabilidad compartida. El aprendizaje deja de parecer una carrera individual y se convierte en una experiencia comunitaria, donde el progreso de uno contribuye al progreso de todos.

A comienzos del siglo XX, el filósofo y teórico político Piotr Kropotkin planteó una pregunta provocadora: ¿Y si la cooperación fuera un impulso evolutivo más poderoso que la lucha?

Kropotkin observó que en muchas especies animales —y también en las sociedades humanas— la cooperación desempeña un papel decisivo en la supervivencia. Muchas veces colaborar resulta más eficaz que competir.

Kropotkin señalaba algo muy sencillo: las comunidades que sobreviven y prosperan suelen ser aquellas que desarrollan redes de ayuda mutua para cubrir necesidades básicas: alimentación, refugio, cuidado de enfermos o de ancianos.

Podemos traerlo también a ciertas reflexiones políticas actuales. Por ejemplo, el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, ha criticado una idea muy extendida en la política contemporánea: la creencia de que cada persona debe arreglárselas por sí misma y que el bienestar depende exclusivamente del esfuerzo individual.

Frente a esa visión, recuerda algo evidente: la vida en una ciudad está llena de dependencias mutuas. Las ciudades funcionan porque las personas se sostienen unas a otras a través de instituciones, servicios y relaciones comunes.

Si ampliamos la mirada, esta comprensión de la cooperación encuentra un eco inesperado en la tradición del Zen. A primera vista, el Zen podría parecer un camino profundamente individual. La imagen del practicante sentado en silencio, inmóvil en zazen, puede dar la impresión de una búsqueda solitaria. Pero una observación más atenta revela algo diferente.

En realidad, la práctica zen siempre ha estado profundamente vinculada a la comunidad. En los monasterios y centros de práctica, las personas se sientan juntas, trabajan juntas y comparten la vida cotidiana. Cada practicante recorre su propio camino interior, pero ese camino se sostiene en una red de relaciones.

En la tradición Zen, los conceptos de cooperación y ayuda mutua surgen de una comprensión profunda de la interdependencia de todos los seres. Cada vida está entrelazada con innumerables relaciones, y el bienestar de uno está inevitablemente conectado con el bienestar de los demás.

Desde esta perspectiva, la cooperación y el apoyo mutuo no aparecen como virtudes añadidas a la práctica, como si fueran un complemento moral. Surgen de algo anterior: la comprensión de que ninguna existencia está realmente aislada. Cuando la mente deja de aferrarse a la idea de un yo separado, aparece una evidencia sencilla y profunda: nadie practica, vive o despierta completamente solo.

Esto se manifiesta de manera muy concreta en la vida cotidiana del dojo. Cuando alguien limpia el suelo, no lo hace solo para sí mismo. Cuando otro prepara la comida o cuida el ikebana, sostiene la práctica de toda la comunidad. Incluso gestos muy simples —lavar un cuenco, abrir una puerta, barrer— se convierten en formas de cuidado hacia todos.

La cooperación también se expresa en la relación entre maestro y discípulo, así como entre los compañeros de práctica.

El maestro no es solo una autoridad espiritual; es alguien que ayuda a ver aquello que uno mismo no alcanza a percibir. Y los compañeros, sin necesidad de decir nada, actúan como espejos discretos: su presencia constante nos recuerda volver a la atención cuando la mente se dispersa.

Maestros como Taisen Deshimaru o Thích Nhat Hanh insistieron en que la práctica espiritual no puede separarse de la relación con los demás. En la vida de una comunidad zen —la sangha— cada persona se sienta por sí misma, pero al mismo tiempo sostiene la práctica de los otros. La estabilidad de uno sostiene la de los demás.

Lejos de limitar el crecimiento personal, la relación con los otros lo hace posible. Cuando la mente deja de aferrarse al yo aislado, se revela algo muy simple: nadie aprende completamente solo y nadie despierta completamente solo.

La cooperación aparece entonces como una consecuencia natural del despertar: cuidar de otro es cuidar del tejido de existencia del que uno mismo forma parte.

En la enseñanza de Dōgen, toda la visión de la práctica budista descansa en una comprensión radical de la interdependencia.

La práctica espiritual no es un medio para alcanzar una iluminación individual, sino una forma de expresar la naturaleza despierta que ya está presente en todos los seres.

Su enseñanza más conocida —la unidad de práctica y realización— apunta precisamente a esto: cada acto de práctica participa en una realidad más amplia que el individuo.

Practicar no es solo transformarse a uno mismo; es participar en el equilibrio del mundo del que formamos parte.

En sus escritos reunidos en el Shōbōgenzō, Dōgen describe con frecuencia la vida cotidiana del monasterio. Cocinar, limpiar, cultivar el jardín o sentarse en silencio no eran tareas secundarias frente a la meditación formal, sino expresiones directas de la práctica.

El cocinero del monasterio -figura que describe con especial cuidado en el Tenzo Kyōkun- debía preparar los alimentos con una mente atenta, sabiendo que cada grano de arroz sostiene la práctica de toda la comunidad.

En el pensamiento de Dōgen ningún gesto es completamente privado.

Cada acción, por pequeña que parezca, influye en la red de causas y condiciones que sostiene a todos los seres. Actuar con atención en lo cotidiano se convierte así en una forma concreta de cuidar del mundo.

Cuando Dōgen habla de cómo se expresa el despertar en la vida humana, menciona cuatro actitudes fundamentales:

·         dar (fuse),

·         hablar con palabras amorosas (aigo),

·         beneficiar a los demás (rigyō)

·         cooperar o caminar junto a otros (dōji).

No se trata de mandamientos ni de virtudes impuestas desde fuera, sino de formas naturales de relación que aparecen cuando madura la comprensión de la interdependencia.

Dar no significa únicamente ofrecer bienes materiales. Puede ser una palabra de aliento, un gesto de hospitalidad o el simple tiempo dedicado a escuchar. El valor del dar no está en la cantidad, sino en la ausencia de cálculo.

Hablar con palabras amorosas recuerda el poder del lenguaje para abrir o cerrar el corazón de los demás. Para Dōgen, las palabras no son meros instrumentos de comunicación: son parte de la práctica misma.

Beneficiar a otros tampoco implica grandes actos heroicos. A menudo se expresa en tareas sencillas: preparar la comida con cuidado, mantener limpio el espacio común o cumplir con responsabilidad el trabajo que nos corresponde.

Finalmente, cooperar recuerda que el camino espiritual no se recorre en soledad. Practicar la Vía significa caminar junto a otros y compartir la responsabilidad de sostener una comunidad viva.

Estas cuatro prácticas revelan una intuición fundamental: el despertar no se manifiesta solo en estados profundos de conciencia, sino en gestos concretos que sostienen la vida común.

Por eso Dōgen propone algo más radical: la práctica misma es ya una forma de cuidar del mundo. No hay una iluminación primero y una ayuda después; ambas dimensiones ocurren simultáneamente.

De ahí surge una de sus frases más conocidas:

Estudiar la Vía del Buda es estudiarse a sí mismo. Estudiarse a sí mismo es olvidarse de sí mismo. Olvidarse de sí mismo es ser confirmado por todas las existencias.”

Este pasaje describe un proceso de transformación interior.

Estudiarse a uno mismo no significa analizarse psicológicamente, sino observar directamente la experiencia: el cuerpo que respira, los pensamientos que aparecen y desaparecen, las emociones, las percepciones. En la práctica de zazen aprendemos a conocer íntimamente aquello que llamamos “yo”.

Pero cuanto más se examina esa identidad, más evidente se vuelve su carácter cambiante y compuesto. El yo que parecía sólido se revela como una red de procesos. Así, el estudio sincero de uno mismo conduce gradualmente a “olvidarse de sí mismo”.

Olvidarse de sí mismo no significa negar la propia existencia, sino dejar de colocar al ego en el centro absoluto de la experiencia. Cuando la mente deja de girar alrededor de sus propias preocupaciones, el mundo aparece con una claridad nueva.

Es entonces cuando se cumple la última parte de la frase: “ser confirmado por todas las existencias”. La realidad misma —los árboles, las montañas, los sonidos, el paso del tiempo— se convierte en una enseñanza silenciosa.

La iluminación no consiste en alcanzar un estado extraordinario, sino en reconocer la intimidad fundamental entre uno mismo y todo lo que existe.

Siglos más tarde, maestros como Kōdō Sawaki insistieron en una intuición semejante al describir el zazen como una práctica no egoísta.

Sentarse en silencio sin buscar ningún beneficio personal rompe la lógica habitual de nuestras acciones, casi siempre orientadas a obtener alguna ganancia.

Cuando la práctica deja de girar alrededor del yo, adquiere otra dimensión. El gesto de sentarse ya no pertenece solo al individuo: forma parte de algo más amplio, del silencio compartido y de la presencia de quienes practican juntos.

En ese contexto aparece la sangha, la comunidad de practicantes. No como una institución idealizada, sino como algo mucho más simple: seres humanos que se reúnen para practicar y sostenerse mutuamente en el camino.

Sawaki afirmaba con humor: “El Zen no sirve para nada”.

Con ello quería decir que la práctica no persigue una utilidad. Precisamente porque no busca un beneficio, se convierte en la acción más pura.

Sentarse sin apropiarse de la práctica, sin convertirla en un logro personal, abre la posibilidad de una comunidad real. La sangha se vuelve entonces una práctica viva de apoyo mutuo.

La cooperación se expresa en actos muy simples: compartir el silencio de la meditación, preparar la comida para otros, limpiar el espacio común, respetar el ritmo colectivo de la práctica.

Cada practicante sostiene la práctica de los demás mediante su presencia. Sentarse juntos en silencio ya es una forma de ayuda.

En la enseñanza de Taisen Deshimaru aparece una intuición muy clara: practicar Zen no significa apartarse del mundo, sino aprender a vivir en él con más lucidez.

El centro de esta práctica es zazen. A primera vista parece algo muy simple: sentarse en silencio sin buscar nada especial. Pero en esa sencillez ocurre algo esencial. La mente se calma, el ruido del ego se vuelve visible y aparece una forma más clara de ver las cosas.

Desde ahí, la ética deja de ser un conjunto de normas externas. Cuando uno percibe con claridad que su vida está entrelazada con la de los demás, también cambia su manera de actuar.

Hablar, trabajar o relacionarse con otros deja de ser algo trivial: cada gesto influye en la red de relaciones que compartimos.

Para Deshimaru, sin embargo, este compromiso con la vida social no debía convertirse en militancia egoica. La acción surge de una mente clara y de una compasión natural. Actuar significa responder con sobriedad: intervenir cuando es necesario y saber detenerse cuando la acción solo alimentaría el conflicto.

Por eso repetía a menudo que, si queremos cambiar el mundo, debemos comenzar por transformar nuestra propia mente.

La transformación puede comenzar en algo tan discreto como la postura silenciosa de zazen, pero continúa después en cada gesto cotidiano.

En las enseñanzas de los discípulos de Deshimaru como Etienne Mokusho Zeisler o Roland Yuno Rech aparece una idea constante: la comunidad no es un lugar ideal ni libre de conflictos.

Y es ahí donde la práctica personal empieza a convertirse, casi sin darse cuenta, en una forma silenciosa de cuidar el mundo que compartimos.

Para Etienne Mokuso Zeisler, la práctica del Zen no se limita al momento de la meditación. Zazen es el corazón del camino, muy ligado a la vida cotidiana de la comunidad zen: sentarse juntos, trabajar juntos, compartir responsabilidades sencillas. En ese contexto, la idea de cooperación se vuelve muy concreta. Lo interesante es que este cuidado mutuo no se plantea como una obligación moral. Nadie ayuda a los demás porque “deba” hacerlo para ser una buena persona.

Zeisler insistía mucho en la importancia de la sangha, la comunidad de práctica. No porque pensara que el grupo fuera perfecto o ideal, sino porque es precisamente en la relación con los demás donde aparecen nuestras dificultades y donde también podemos aprender pues todos estamos intentando recorrer el mismo camino, con nuestras limitaciones.

Roland Yuno Rech también ha señalado en muchas ocasiones que la comunidad no es un lugar ideal ni libre de conflictos. Precisamente porque las personas son diferentes, aparecen desacuerdos, incomprensiones o tensiones. Pero, desde su punto de vista, eso forma parte del camino. Practicar juntos implica aprender a escuchar, a no reaccionar impulsivamente y a no quedarse encerrado en el propio punto de vista. En ese proceso, el cuidado mutuo no significa evitar las dificultades, sino atravesarlas con una cierta lucidez.

Cada persona mantiene su singularidad, pero participa en una práctica común que crea un cierto equilibrio. Ese equilibrio se sostiene gracias a pequeños gestos cotidianos de solidaridad donde el cuidado mutuo deja de ser una idea generosa y se convierte en una forma muy concreta de vivir la práctica del Zen.

Esta solidaridad es silenciosa. No necesita proclamarse ni traducirse inmediatamente en discursos o proyectos. Se manifiesta en la simple decisión de no apropiarse de la práctica, de no convertirla en un instrumento del yo.

Así para Alonso Taikai Ufano (nuestro amigo de bien, Alonso) no es simplemente la práctica de un grupo de individuos que comparten creencias o valores, sino el espacio donde se ejercita, de manera concreta, la superación del yo como centro de la experiencia compartida. La práctica donde tiene especial valor lo común y surge el verdadero olvido de sí.

En este pensamiento toma una especial relevancia la sangha que puede comprenderse como “una práctica impersonal de la impersonalidad”.

La sangha, cuando se comprende desde la práctica profunda del Zen, apunta en dirección contraria a la vida ordinaria donde la mayor parte de nuestras relaciones están organizadas alrededor de identidades personales. Interactuamos desde roles, opiniones, preferencias, expectativas y conflictos que refuerzan constantemente la sensación de ser un “yo” separado frente a otros “yoes”. Incluso en los ámbitos espirituales, existe el riesgo de que la comunidad se convierta en un escenario donde el ego adopta nuevas formas: el practicante ejemplar, el estudiante devoto, el maestro respetado, el miembro comprometido.

Alonso Taikai nos acerca a un concepto de sangha que, en lugar de reforzar identidades, crea condiciones para relativizarlas.

La práctica compartida —sentarse en zazen, trabajar colectivamente, hacer samu, seguir ritmos comunes, juntos en silencio— tiende a desplazar la atención desde la afirmación personal hacia una forma de presencia más simple y directa.

En la línea de la tradición Zen, la iluminación no es una experiencia privada encerrada en la interioridad del individuo. La práctica ocurre siempre en un entramado de relaciones. Al practicar junto a otros, el yo pierde su posición privilegiada y la experiencia se abre a una dimensión más amplia.

La sangha funciona entonces como un campo de despersonalización gradual. Esto no significa negar la singularidad de cada persona ni suprimir las diferencias. Significa que la práctica no gira en torno a la afirmación de esas diferencias como fundamento de la identidad. Cuando los practicantes se sientan juntos en zazen, por ejemplo, nadie medita “mejor” en un sentido competitivo. Cada uno simplemente se sienta. El gesto es compartido, repetido y sostenido colectivamente.

Algo similar ocurre en el trabajo cotidiano dentro de la comunidad. Cocinar, limpiar, organizar el espacio o cuidar del entorno son actividades que, cuando se realizan desde la práctica, no se interpretan principalmente como logros personales. Son acciones que sostienen la vida común. En ese contexto, el individuo deja de ser el protagonista absoluto y pasa a ser una función dentro de un proceso más amplio.

Por eso puede hablarse de la sangha como una práctica impersonal de la impersonalidad. No porque la comunidad sea fría o anónima, sino porque ofrece un entorno donde las personas pueden experimentar que la vida no se reduce a la narrativa del yo. La atención se desplaza desde “mi experiencia”, “mi progreso”, “mi identidad espiritual” hacia algo más amplio: el olvido de sí como realización del acto mismo de zazenear (practicar zazen).

Paradójicamente, esta impersonalidad no empobrece las relaciones humanas; las vuelve más simples y genuinas. Cuando el yo no necesita afirmarse constantemente, aparece una forma de convivencia menos defensiva y menos competitiva. El apoyo mutuo surge con mayor naturalidad, porque no está mediado por la necesidad de reconocimiento.

En ese sentido, la sangha es también una práctica en sí misma: un lugar donde se aprende, a través de la convivencia, a soltar gradualmente la centralidad del yo. Practicar juntos significa participar en un proceso donde la vida deja de organizarse alrededor de identidades separadas y comienza a manifestarse como una red de presencia compartida. (red de Indra como la llama frecuentemente)

En la práctica del zazen, transmitida por Alonso Taikai, ocurre algo más profundo: sentarse en zazen nos lleva progresivamente hasta el límite de nuestro mundo personal y, desde allí, nos abre hacia el mundo común.

En la medida en que se produce ese desprendimiento gradual del yo, el mundo interior que normalmente habitamos empieza a mostrar su límite. Descubrimos que el yo no es una entidad sólida, sino una construcción dinámica sostenida por hábitos mentales. Zazen no destruye ese mundo personal, pero permite ver que no constituye la totalidad de la realidad. Cuando el yo deja de ocupar el centro absoluto, aparece con mayor claridad algo que siempre ha estado presente: la dimensión compartida de la existencia. El sonido del ambiente, la respiración colectiva, la presencia silenciosa de otras personas sentadas en la sala, el paso del tiempo que afecta a todos por igual. Lo que antes parecía simplemente “mi práctica” comienza a revelarse como un acto situado dentro de una red de vidas.

Por eso puede decirse que, al sentarnos en zazen, nos acercamos al límite de nuestro mundo individual y comenzamos a entrar en el mundo común.

Alonso nos transmite que sentarse en zazen puede parecer un gesto íntimo, pero sus efectos se extienden hacia la vida entera. Cuando la mente se aclara y el ego pierde rigidez, nuestras acciones cambian. Escuchamos de otra manera, hablamos con más cuidado, actuamos con mayor atención hacia los demás.

La transformación interior se convierte así en una forma silenciosa de transformación social.

Nos dice Alonso Taikai: En ese “verse”, abandonar y continuar, yendo más allá, nace la sabiduría tranquila. No como verdad superior, sino como liberación interior y superación de todo prejuicio que permite volverse disponible y realizar la compasión, que es el ideal del bodhisattva : hacer el mundo más habitable.

Zazen no es solamente una práctica de introspección. Es también un camino hacia el mundo común y la sangha, en ese sentido, no está hecha de individuos alineados, sino de relaciones vivas, de resonancias. Podría decirse que es un entrelazamiento —casi musical— de presencias. Cada cuerpo sentado respira su propia respiración, pero el aire es el mismo; cada mente atraviesa sus pensamientos, pero el silencio es común. Las carnes no se confunden, pero tampoco permanecen absolutamente separadas. Se tocan en un plano más profundo que la identidad personal.

Este entrelazamiento se hace especialmente evidente en ciertos gestos de la práctica. Cuando se realiza sanpai, la prosternación no es simplemente de un acto de respeto ritual, es un recordatorio físico de algo más elemental: la tierra que tocamos es la misma para todos. No es “mi” suelo ni “tu” suelo. Es el suelo donde todos nos sostenemos, donde todo crece, donde todo vuelve.

Al tocar esa tierra con la frente, el gesto revela una intuición silenciosa: en esa tierra todos “soy”. No en el sentido de un yo ampliado que pretende abarcarlo todo, sino en el reconocimiento de que la vida que nos atraviesa no pertenece a nadie en particular. Nuestro saco de huesos, los árboles, las piedras, los ríos, los soles, las lunas y las estrellas participan del mismo tejido de existencia.

Desde esa perspectiva, la sangha se extiende más allá de los límites visibles de una comunidad humana. El pino del jardín participa de la misma realidad que el practicante sentado bajo su sombra. El sonido repentino de un guijarro golpeando el bambú —imagen tan frecuente en las historias zen— no es un simple ruido exterior; es un acontecimiento que atraviesa el mismo campo de experiencia donde la mente despierta.

Por eso la sangha puede entenderse como un tesoro. No es propiedad de nadie. No pertenece a un individuo ni puede ser apropiada por un grupo. Es algo que solo existe en la medida en que se comparte, en la medida en que se vive.

Entonces, por un instante o por una eternidad —que en el zen suelen coincidir—, todo está ahí: la carne roja, la piedra, el árbol, el río, el cielo nocturno. No como objetos separados, sino como un mismo acontecimiento vivo. Y en ese acontecimiento, silencioso y compartido, se revela la verdadera naturaleza de la sangha.

En última instancia, la práctica de zazen revela algo muy sencillo: el despertar no ocurre al margen de los demás.

Nuestra vida está entrelazada con la de otros de innumerables maneras. Aprendemos de otros, dependemos del trabajo de otros y muchas veces nos sostenemos emocionalmente gracias a otros.

Cuando empezamos a ver con claridad esa interdependencia, resulta difícil pensar el camino espiritual como un proyecto puramente individual.

Thích Nhat Hanh hablaba a menudo de una palabra: interser.

Todo está ligado a todo.

La nube está en la lluvia.

La lluvia está en el árbol.

El árbol está en el papel.

Del mismo modo, nuestra vida está entrelazada con la de innumerables seres.

La compasión suele nacer de algo muy simple: darse cuenta de que el otro también es vulnerable.

Entonces aparece el cuidado mutuo.

A veces cuidamos. Otras veces necesitamos ser cuidados. Así funciona la vida.

Acompañar a los seres en la vía del despertar —como dice el voto del bodhisattva— no significa convertirse en un salvador espiritual.

Significa vivir de una manera que haga el camino un poco más habitable para los demás.

A veces eso se expresa en gestos muy sencillos: escuchar con atención, actuar con honestidad, ofrecer ayuda cuando alguien la necesita.

Por eso, en la práctica del Zen, cada persona se sienta en zazen sobre su propio cojín.

Pero el silencio es compartido.

La respiración es compartida.

El tiempo que pasa es compartido.

Y en ese espacio sencillo aparece una intuición que el Zen ha repetido durante siglos: “en el océano, ninguna gota de agua está realmente sola”.

  

Manolo Taijaku Ortega

Sesshin de Primavera de Valdecabras  

Cuenca abril 2026


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