domingo, 26 de abril de 2015

Sed vuestra propia lámpara: la última enseñanza del Buda.

La foto es de José Luis Andrés, que hace un par de años publicó una entrada en su blog: Sed vuestra propia lámpara (www.satsangzaragoza.blogspot.com) en que hablaba sobre la Crisis zen.


LA ÚLTIMA ENSEÑANZA DEL BUDA

            Cuando llegó el final de sus días, mirando a sus discípulos Buda se preocupó por su propio hogar y por el hogar de ellos y decidió volver a su hogar, a Kapilavastu.
Cada día, desde su debilidad daba unas breves charlas de cinco a siete minutos sobre el propio hogar.
Cuando estaba acostado bajo los árboles del bosque de Sala en Kusinagara, el Buda se dirigió por última vez a sus discípulos insistiendo sobre la importancia del Dharma, de la enseñanza. Quería que la enseñanza y no una persona fuera el maestro de sus discípulos.

Les dijo:
“Sed vosotros mismos vuestra propia lámpara. Sed vosotros mismos vuestra propia isla. Vuestro recurso. No dependáis de nadie.
Que mi enseñanza sea vuestra lámpara, que mi enseñanza sea vuestra isla, vuestro propio recurso, vuestro propio hogar. No dependáis de otra enseñanza.
Mirad vuestro propio cuerpo, observad hasta qué punto es impuro. Si sabéis que el placer y el dolor son causa de sufrimiento, ¿cómo podéis dar curso libre a vuestros deseos?

Si observáis vuestra mente, veréis que todo es cambiante. ¿Cómo podéis ilusionaros con ella y alimentar vuestro apego y egoísmo si sabéis que estos sentimientos os conducirán inevitablemente al sufrimiento?
¿Podéis encontrar algo que permanezca en todo esto? Son agregados que antes o después se separarán y dispersarán.

Cuando constatéis la universalidad del sufrimiento, no temáis. Para liberaros de él seguid mi enseñanza, incluso tras mi muerte. Si lo hacéis así seréis en verdad mis discípulos.
Nunca olvidéis las enseñanzas que os he dado. Ni dejéis que se pierdan. Conservadlas, estudiadlas, practicadlas. Siempre seréis felices si seguís mis enseñanzas.

Lo más importante de mi enseñanza es que observéis vuestra mente. Abandonad la avidez y mantened vuestro cuerpo erguido, vuestra mente pura, sed sinceros en vuestras palabras.
Si continuamente os acordáis del carácter pasajero de vuestra vida, seréis capaces de poner fin a los velos de la avidez de la cólera y de la ignorancia y de evitar el mal.

Sed dueños de vuestra mente, la mente hace de un hombre un despierto o un animal. Equivocado se convierte en un demonio, despierto en un Buda. No dejéis que la mente se separe del Noble Camino.
Respetaos los unos a los otros, no seáis como el agua y el aceite que se repelen, permaneced como el agua y la leche, íntimamente mezclados.
Practicad, estudiad, enseñad juntos. 

No malgastéis vuestra mente y vuestro tiempo permaneciendo inactivos o en vanas discusiones y peleas.
En su estación gozaréis de las flores del despertar y recogeréis el fruto del Justo Camino.
Yo he seguido este mismo camino y de él saqué mis enseñanzas. No lo descuidéis. Seguidlas en toda circunstancia. Si no las practicáis, aunque estemos juntos, estaremos separados. Si no descuidáis estas enseñanzas, aún separados estaremos unidos.

Se acerca mi fin, nuestra separación no puede tardar, pero no os lamentéis. La vida es continuo cambio. Cada cuerpo se disuelve, os lo voy a demostrar con el mío propio que se deshace como un carro abandonado. No os lamentéis en vano, más bien admiraos por esta ley de impermanencia y daros cuenta hasta qué punto está vacía la vida humana.

No alimentéis el absurdo deseo de qué queréis que permanezca lo que es transitorio.

Proteged solamente vuestro espíritu rompiendo los lazos del deseo, tratadlos como si fueran una víbora. Proteged vuestro espíritu en serio.
Queridos discípulos, ha llegado mi último momento, pero no olvidéis que la muerte es sólo la disolución del cuerpo físico; para el que es inevitable, la enfermedad, la vejez y la muerte.
El verdadero Buda no es un cuerpo humano. Es el Despertar. El cuerpo ha de desparecer, pero la sabiduría del despertar, permanece eternamente en la verdad del Dharma, en la práctica del Dharma.

Me ve de verdad, no el que sólo ve mi cuerpo, sino el que acepta mi enseñanza. Tras mi muerte si queréis ser fieles a mí, seguid el Dharma, el será vuestro maestro.
Durante los últimos cuarenta y cinco años últimos de mi vida no he tenido ningún secreto. Nunca he mantenido en secreto nada de mi enseñanza. No hay ni enseñanza secreta, ni sentido secreto. Todo ha sido enseñado abierta y claramente.

Mis queridos discípulos, este es el fin. Estas son mis últimas enseñanzas”.

(Extracto de “La enseñanza del Buda”, Bukkyo Dendo Kyokai, Tokyo)

miércoles, 15 de abril de 2015

Eduardo Galeano




Quizá nosotros somos las palabras que cuentan lo que somos.
Eduardo Galeano.  





Cuando es verdadera, cuando nace de la necesidad de decir,
a la voz humana no hay quien la pare.
Si le niegan la boca, ella habla por las manos, o por los ojos,
o por los poros, o por donde sea.
Porque todos, toditos, tenemos algo que decir a los demás,
alguna cosa que merece ser por los demás celebrada o perdonada.

Eduardo Galeano.


Nuestros amigos de Bidari nos envían este homenaje:

martes, 14 de abril de 2015

Sencillamente presentes...






Sencillamente presentes

Si se explica zazen a alguien que no practica y se le dice que se trata de estar sencillamente sentado y de no hacer nada, esta práctica puede parecer muy aburrida, monótona, sin gran interés.
Abordada desde el punto de vista de nuestro ego, zazen es así, como una forma de perder el tiempo mientras que pudiéramos hacer tantas cosas útiles en nuestra vida.
Pero cuando uno se sienta y se compromete verdaderamente en la sentada de zazen, es decir que ponemos toda nuestra atención y nuestra energía en no estar más que simplemente sentados sin perseguir nada; de golpe nuestra mente cambia completamente.
Es una completa revolución en relación a nuestra manera habitual de funcionar, siempre vueltos hacia los objetos bien sea exteriores –acciones, cosas por hacer- u objetos interiores, pensamientos, sentimientos, emociones…

Ordinariamente estamos siempre muy ocupados pero cuando entramos en el dojo y nos sentamos en zazen, sólo nos ocupa una cosa, estar completamente sentados. Y dejarnos despojar por zazen de cualquier preocupación, de cualquier apego. Y ahí, en vez de aburrirnos, descubrimos una nueva manera de estar en el mundo.
Estamos completamente libres del apego a los objetos, a los seres, a las cosas exteriores y realizamos que se puede ser perfectamente feliz, tranquilo y libre estando simplemente sentados. Estar simplemente sentados quiere decir que no tenemos necesidad de añadir nada al hecho muy simple, casi desnudo, de estar ahí, con todo lo que nos rodea, sencillamente uno con lo que es. Y que esto basta. Es la gran liberación de zazen.

Esto no quiere decir que ya no haremos nada en la vida más que zazen, si no que lo que hagamos en la vida, si ésta está enraizada en el zazen será una expresión de este zazen; es decir, la expresión de una simple  presencia en el mundo, despojada de toda forma de avidez, de elección, de rechazo. Esto quiere decir realizar una gran libertad interior que permite que nos comprometamos en las acciones, en las relaciones pero con una mente desinteresada. Zazen cambia completamente nuestro universo mental, nos hace salir de los viejos condiciona-mientos de nuestro ego y experimentar la visión despierta de Buda. Entonces ya no tenemos necesidad de dispersar nuestra energía en todo tipo de objetos, de hacer cosas. Como si tuviéramos que hacer para ser.

Si realizamos que en el fondo, el hecho de sentarnos en zazen, de estar sencillamente presentes, totalmente sentados basta; que no hay necesidad de nada más, entonces, todo lo que hagamos en la vida será hecho no como necesidad, sino con una gran libertad.

Las grandes prácticas de los bodhisattvas – el don, la ética, la paciencia, el esfuerzo, la meditación, la sabiduría- son entonces un arte de vivir en armonía con el Dharma, la verdadera naturaleza de la existencia. Esta forma de vivir es fuente de paz y de felicidad para todos los seres.
Roland Yuno Rech