miércoles, 30 de noviembre de 2016

Leonard Cohen , una aproximación a su vida zen.







 En 2009, en Rockdelux, cuya portada es esta imagen de Leonard Cohen saludando, “su” traductor Alberto Manzano escribió un artículo llamándole el burgués juglar.

Hemos entresacado y adaptado una parte de su artículo en que se refiere a los años de su vida que pasó como monje zen, sirva esta entrada como homenaje:

Leonard Cohen, fue ordenado monje en agosto de 1996. Escribiría:

“Después de la gira de ‘The Future’, caí en picado. Había bebido muchísimo y mi salud estaba tocada. Afortunadamente, siempre he tenido un estómago muy delicado y no he podido abusar de las drogas y el alcohol. Así que decidí retirarme, cuidarme como nunca lo había hecho. Al fin y al cabo, un monasterio zen es un lugar de rehabilitación para personas desquiciadas por la vida”.

En 1993, Cohen llevaba veinticinco años practicando zazen –meditación zen–, guiado por su maestro espiritual Roshi. De verdadero nombre Joshu Sasaki (1907), Roshi había vivido cuarenta y un años como monje en Japón, quince de ellos en calidad de maestro –actualmente ocupa la posición 88 en la línea de los patriarcas del budismo zen­ –, cuando, en 1962, llegó a Estados Unidos para establecer una rama del zen conocida como rinzai. Comenzó a finales de los años sesenta con una sesshin –retiro espiritual– en el monasterio de Mount Baldy –situado a dos mil metros de altura en el Bosque Nacional de San Gabriel, cerca de Los Ángeles–. Después de tres días de intensa práctica, el poeta se convenció de que “aquello era la venganza por la Segunda Guerra Mundial. Con un maestro japonés, Roshi, y un monje alemán, Geshin, a la cabeza del centro, tenían a un montón de chicos norteamericanos andando con sandalias por la nieve a las tres de la madrugada”. El viento soplaba y arrastraba la nieve por el comedor, helando la comida en los platos, el régimen era escaso, la disciplina extrema y, después de cuatro semanas, Cohen huyó a Acapulco –se puede ver su corte de pelo estilo budista en la foto de la portada de “Live Songs” (Columbia, 1973)–.

Sin embargo, algo quedó en él, y al cabo de ocho meses volvió. Trabó una profunda amistad con Roshi, acompañándolo en varios viajes a monasterios trapenses e implicándose personal y económicamente en la apertura de otros dojos, en Nuevo México, Texas, Nueva York y Montreal. 

“La meditación no es lo que piensas. Te sientas en absoluto silencio y tu mente empieza a repasar todas tus películas. Durante ese proceso, te vuelves tan familiar con los guiones que mantienes en tu vida que acabas hartándote de ellos. Entonces comprendes que la persona que crees que eres no es más que un complicado guion en el que gastas la mayor parte de tu energía. Tras un examen más minucioso, descubres que tu personalidad te asquea. Y eso es porque en realidad no eres tú. Si te sientes lo suficientemente aterrado por esa personalidad, espontáneamente permites que se desvanezca. Y entonces, si tienes suerte, puedes experimentarte a ti mismo sin la distorsión de esa personalidad. Ese es, en esencia, el proceso de zazen, la filosofía de Roshi”.

Pero Cohen nunca ha sido ortodoxo en este tema (ni en ningún otro), y mezclaba disciplina y vocación: “Sentado en meditación, he terminado una larga canción”, declararía –en su cabaña disponía de un sintetizador con el que compondría material para su siguiente disco, “Ten New Songs” (Columbia, 2001)–. Finalmente, en 1999, sintió que el velo había caído: “Siempre había tenido muchas versiones de mí mismo (¿contradicciones?) en las que utilicé la religión como apoyo. Hubo un momento en que pensé que podía iluminar mi mundo y el de los que me rodean, que podía tomar el camino de Bodhisattva, que es el camino de ayuda a los demás. Pensé que podía, pero no pude. El camino espiritual es un mundo en el que hombres mucho más fuertes que yo, mucho más valientes, más nobles y generosos, se han quedado hechos trizas. Yo no soy un hombre espiritual. Una vez que empiezas a tratar con material espiritual, te haces papilla”.

En Cohen, para quien “la ocupación de ser un hombre es más importante que la de ser un cantante o un poeta”, rehacerse como artista ha sido siempre su desafiante oficio. “Renacer de las cenizas constantemente en esta vida de extremos... Y aquí estoy de nuevo. La última vez tenía 60 años y era solo un crío con un sueño loco”.

 “(el camino / es muy largo / el cielo / muy vasto / el corazón / errante / por fin / no tiene casa) y este poema existe en un dibujo en su caligrafía bajo la luna llena, como existe el universo sobre la palma de una mano.” De El libro del anhelo.

Leonard Cohen persigue la poesía y lo hace cantando en su disco más reciente, Old Ideas:

‘‘Danza tu belleza con un violín en llamas / hazme bailar a través del pánico hasta que recupere mi centro / méceme como rama de olivo y transmígrate en ave que vuelve a casa / Llévame bailando hasta el fin del amor”.

En el último disco vemos un colibrí que sale volando de una luminosa ventana hacia la oscuridad:

Escucha al colibrí
cuyas alas no ves
escucha al colibrí,
no a mí.

1 comentario:

  1. Es esperanzador ver cómo incluso de malos maestros (Joshu Sasaki es conocido por haber estado envuelto durante su tiempo como enseñante en una serie de escándalos) pueden salir brotes tan gloriosos y bellos como este

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