martes, 31 de mayo de 2016

Una búsqueda del sentido (3), Roland Yuno Rech



El inconveniente de cómo nos vivimos esta búsqueda de sentido son las adicciones en las que podemos caer. Lo que detendría la búsqueda sería la espera totalmente satisfecha. El Nirvana sería así el sentido profundo de todos nuestros deseos, la búsqueda de la abolición de los mismos.

Además, si Dios no existe, parece que todo esté permitido y ello contribuye a la crisis de los valores morales que no se resuelve con el conformismo. 

Pero el nihilismo sería abolir una posibilidad de sentido más allá de los cinco órganos de los sentidos y de la mente. Este sentido lo daría el sentido de la trascendencia constitutivo del ser humano que se siente prisionero de su ego. Este sentido es la intuición de otra dimensión de la vida llamada a veces despertar original. Este sentido se manifiesta en todas las religiones y espiritualidades, así como en la práctica de la meditación. En la vía del buda es la bodichita o bodhaisin en el zazen, la aspiración al despertar a la realidad profunda de la existencia que permite poner fin al sufrimiento con todos los seres.

Del origen a la abolición de la pregunta de qué es el zen. Un arte de vivir arraigado en la práctica de zazen . En este mundo de sufrimiento sentarse en zazen es entrar en la misma vía del Buda Sakyamuni. Zazen es la meditación en la que él despertó impresionado por los sufrimientos vinculados a la impermanencia. Se cuestionó el sentido de la vida. La enfermedad, la vejez y la muerte son inevitables y parecen convertir en vanas todas las acciones humanas.

La búsqueda de Sakyamuni fue la del sentido del sufrimiento. Desembocó en una práctica liberadora de las ilusiones y de armonía con la realidad que se convirtió en el sentido de la existencia que sus discípulos hacen voto de compartir con todos los seres.

El espíritu del despertar es el espíritu que aspira a la liberación del sufrimiento. Sin escapar de la realidad de la impermanencia de la vida y de la muerte sino confrontándose con ella en la meditación.

La práctica de zazen es concentración y observación más allá de cualquier dualismo entre sujeto y objeto. El cuerpo vertical es una rayita que une el cielo y la tierra, un nexo de unión entre los dos.

La concentración en el cuerpo y la respiración apacigua la mente y clarifica el espíritu, pues ya no corremos tras nuestros pensamientos ni emociones. No nos apegamos a ningún estado en particular, lo que permite estar presente en la incesante aparición y desaparición de todos los fenómenos que forman nuestra existencia y la del mundo.

La impermanencia pone de manifiesto la ausencia de sustancia de todas nuestras construcciones mentales. Hacerla realidad permite soltar presa y conduce a la unidad de la vida aboliendo a la mente que crea separaciones y apegos. Estar simplemente sentado cuando se está sentado basta. La presencia en cada instante  más allá del antes y del después los convierte en instantes de eternidad. No se siente la necesidad de añadir nada a esta experiencia. No se necesitan oraciones ni ceremonias y entonces se puede hacer con libertad como expresión de esta liberación y de nuestra gratitud hacia el buda y sus sucesores que la hacen posible por medio de la transmisión.

La noción misma de sentido desaparece, pues el sentido sólo se busca cuando se ha perdido la unidad. Cuando se es uno con la vida de cada instante, no falta nada, y uno, no está separado de nada.

Observar las ilusiones y el karma permite ver los propios errores y transformarlos, pero es un mérito que se deriva de zazen, un sentido que aparece sin buscarlo.

En el Genjo Koan, Dogen dice: “Aprender a conocerse uno mismo es olvidarse de uno mismo”. Por medio de la concentración, más allá de las maquinaciones mentales y por la visión justa de la vacuidad de lo que constituye el ego.

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