jueves, 5 de noviembre de 2015

La plenitud, Patrick Pargnien







LA PLENITUD

Cuando nos comprometemos en la práctica de la meditación sentada, es esencial dejarse absorber en la realidad viva del aquí y ahora. Dejarse absorber en el aquí del cuerpo y en el ahora del movimiento, del ritmo del aliento. En la absorción en la intimidad del aliento, no solamente el aire se inspira, no es solamente el aire lo que se exhala sino que es el ser en su totalidad el que se abre durante cada inspiración. El ser en su totalidad es el que se distiende, que se une durante la espiración.
En esa absorción en la intimidad del aliento, es el flujo, el movimiento del universo el que respira. En esa calidad de presencia, ¿qué podría faltar?

Así, absortos, abandonados en la sencillez de la sentada, el corazón del espíritu es como el agua clara, tranquila, límpida.
Cuando el viento comienza a soplar sobre el agua de un lago de aguas transparentes, límpidas, la superficie se mueve, los reflejos de los árboles, del cielo se perciben mucho menos así como su profundidad.
Cuando la superficie de esta agua límpida, clara de la mente se mueve, no son los fenómenos en ellos mismos quienes la mueven sino el viento de la identificación, de la apropiación, el apego a esos fenómenos.

Cultivando la intención de estar en la no-asida y el no-rechazo, cultivando un espíritu abierto que acoge lo que es, tal como es, el viento se calma y el corazón del espíritu se clarifica.
En esta claridad se manifiesta una visión penetrante que ve cada fenómeno como reflejo y que ve claramente su aspecto transitorio, fugitivo, su aspecto vacío de existencia propia.
De esta forma el corazón del espíritu ya no se ve afectado, perturbado por los diferentes fenómenos que van y vienen. Es solamente ahí con lo que está, sin moverse, sin intervenir.

¿Por qué es esencial abandonarse en la sencillez de la sentada?
Porque no es la voluntad personal, la identidad la que decide no asir, no rechazar. Pero es en esta visión penetrante de la impermanencia, del aspecto transitorio de cada fenómeno y de su aspecto vacío de propia existencia de donde emerge una comprensión intuitiva que ni el aferre, ni el rechazo pueden manifestar, pues fundamentalmente no hay nada que asir y nada que rechazar.

En eso, reside la tranquilidad del cuerpo, la paz del espíritu, la alegría del corazón.

En eso, no queda más que la contemplación de la plenitud de cada instante.

                                    De corazón a corazón

Patrick


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