lunes, 4 de mayo de 2015

Masacres en nombre de Dios...Patrick Pargnien.



Pregunta :

Hola Patrick,

Estoy profundamente conmovido por las masacres en nombre de Dios. Si has escrito algo sobre este tema estaría muy interesado en conocerlo. Pienso que nuestra « religión » también debe reflexionar sobre sus desviaciones posibles desapegándose de todo objeto de apego, ( ideología, conceptos, maestro, rituales, textos ), fuente posible de división y de guerra manteniendo solo zazen y los preceptos.

Respuesta:

Entiendo que estés afectado, es terrible esa falta de consciencia y de sabiduría… yo lo estoy igualmente.

No he escrito nada referente a este tema (porque podría ser un tema…), pero puedo decirte lo que pienso en algunas líneas.

“Dios” siempre ha tenido y sigue teniendo mucho «aguante» para justificar las diferentes exacciones, abusos, que se han cometido, para justificar esa violencia que nos habita como seres humanos y que tiene su raíz en el miedo y sobre todo en el miedo a la diferencia que causa irremediablemente la exclusión.
Qué difícil es para los seres humanos relacionarse, atreverse a entrar en la diferencia, en el espacio del otro y osar dejar al otro que entre en nuestro propio espacio, en nuestra diferencia, sin perder su singularidad. Lo otro que puede ser lo vivo en general (mineral, vegetal, animal…), pero también a una situación, un hecho.
Todos somos seres esencialmente de amor, pero no-realizados, separados de esa fuente y por lo tanto con la ilusión fuertemente enraizada de que estamos separados. Este sentimiento de separación, de ruptura, genera miedo, cólera o violencia. Ese sentimiento de separación tiene por origen la ignorancia, la ignorancia de «nuestra» dimensión más vasta. Y así creamos toda una red de estructuras, de sistemas a los cuales nos apegamos, con los que nos identificamos y que nos dan seguridad o, más concretamente, dan seguridad al sistema condicionado. Entonces, para no perder estos «apoyos» sobre los que se han construido nuestra personalidad, nuestra manera de vivir, nuestras creencias, estamos dispuestos a defender ese «territorio»…

Por eso, ante todo, creo que es importante no desolidarizarse de todo lo que ocurre en el mundo porque es un reflejo fiel de lo que nos habita, de nuestros condicionamientos. Porque el conflicto, el sufrimiento, la exclusión, la violencia, el miedo, etc… existen en nosotros y por lo tanto es nuestra responsabilidad (en el sentido de que se debe dar respuesta) dirigir la mirada  180º hacia nosotros mismos para aclarar los diferentes estados mentales que se expresan en nosotros y alrededor de nosotros.
Darles luz para que pierdan su potencia y que dejen de dirigir nuestra vida.
Pero es igualmente importante ver y ser consciente de la belleza que hay en este mundo y en nosotros mismos y que habita en cada ser.


El camino del Zen es un hermoso camino, profundo tanto en la práctica que propone como en sus enseñanzas, portador de valores esenciales que se dirigen al corazón del ser; pero, sin embargo, para mí es importante no definirlo como una religión, aunque por desgracia la institución actual tiene tendencia a querer hacer de él una religión o incluso, quizá, una nueva iglesia. Pero el Zen no es ni una religión ni una filosofía y ése es el sabor particular de esta vía, que no se puede definir, nombrar, encerrar en un concepto. Como mucho, podemos considerarlo una vía espiritual, es decir, una vía que «se ocupa del espíritu» a través de una práctica. Ya sea mediante la meditación sedente o a través de las diferentes acciones de la vida. Esta vía permite que se reúnan las condiciones más favorables para que la luz silenciosa del despertar se realice, para que el ser humano se realice igualmente en su totalidad.

Como seres «espirituales» comprometidos con un camino de liberación, de trascendencia, debemos tener mucho cuidado de no cristalizar las formas ni cristalizarnos en ellas. De cierta forma, hay que jugar con ellas para no confundirlas con la esencia, con el corazón. Solamente son formas. Es verdad que a menudo se les da mucha importancia a los textos y pueden, a la larga, convertirse en dogmas, aunque su sentido profundo y su razón es la de ser una inspiración que nos acompañe en el camino. Por lo tanto, pienso que como instructores que transmitimos la Vía, es esencial “guardar” esto siempre en la mente.

A esta Vía espiritual del Zen, que dependiendo de las épocas, las culturas y los seres humanos que la han practicado, se ha ido estructurando, formalizando a través de diferentes reglas, ceremonias, etc… le vendría bien efectivamente despojarse de ciertas cosas. No necesariamente desprenderse de todo, pero como dije más arriba, jugar con las formas, crear rupturas y simplificarse para adaptarse a la realidad de hoy día, momento en el que la mayoría de seres comprometidos con esta Vía lo hacen viviendo en el mundo.

Y es importante asumir eso plenamente, vivir esta llamada, este soplo de lo espiritual en la vida de las convenciones humanas siendo un verdadero camino, ya que la Vía y el despertar están más allá de toda forma, en el sentido de que son la «expresión» de lo incondicionado. Es el canto invisible, silencioso de lo inasible.

El canto del despertar, de la luz silenciosa, es como un pájaro que se posa libremente sobre la rama de un árbol. Nadie lo ha llamado ni lo ha atraído. Nadie puede atraparlo.

Por eso, a menudo, como sabes, el escollo de la institución es adueñarse de un formato, sacarlo de su contexto (época, cultura…) y tratar de hacerlo coincidir con la realidad de hoy en día. Esa falta de flexibilidad, de libertad…, puede generar una cristalización tóxica para la búsqueda y por lo tanto para el camino espiritual de aquel o aquella que busca…

A veces las formas son útiles y otras veces no lo son. Lo esencial es no tomarlas por lo que no son, no confundirlas con el corazón de la Vía. Estoy de acuerdo contigo, tiene que darse un despojamiento de ciertas cosas para que la Vía espiritual se dirija directamente al corazón del ser y no ofrezca demasiado alimento al estado mental de división, pero eso está ligado también a la forma de transmitir la sabiduría de aquel o aquella que la transmite…

De corazón a corazón,   Patrick

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