jueves, 8 de diciembre de 2011

Hacerse íntimo con uno mismo


¿QUÉ QUIERE DECIR HACERSE ÍNTIMO CON UNO MISMO?

“Hacerse íntimo con uno mismo,” es no ilusionarse uno mismo y así ser capaz de percibir, instante tras instante, el mecanismo de funcionamiento de nuestras ilusiones e iluminarlas. Dogen decía: “No se trata de ilusionarse con el despertar, sino de despertar de sus ilusiones”.

- Iluminar las propias ilusiones, es en principio, tomar conciencia de ellas así como de nuestra ignorancia. Pero para ello, hay que tener lucidez, observar el funcionamiento de nuestra mente, instante tras instante. No ser “íntimo con uno mismo,” es ser puesto en movimiento, ser condicionado por motivaciones inconscientes que nos hacen hablar, actuar y cuya fuente nos es lejana. No nos damos ni cuenta, no nos comprendemos a nosotros mismos, no sabemos por qué actuamos así.

- A la inversa, “hacerse íntimo con uno mismo,” es ser capaz de percibir el menor movimiento de nuestra mente en el momento en el que se forma. Esto permite no dejarnos arrastrar por un movimiento de la mente puramente egoísta e ilusoria. Así, evitamos que esa formación mental nos invada y nos controle nuestra ignorancia. Comparo a menudo esto con una cerilla tirada negligentemente en un bosque: empieza a arder un poco, pero si por suerte pasamos por ahí, podemos apagarla inmediatamente sin dificultad, pero si dejamos que el fuego se desarrolle, unos minutos después, es incontrolable. Ocurre lo mismo con nuestra vida interior.

El otro aspecto de la intimidad, es ser íntimo con la vacuidad, es decir, con el hecho de que no podemos asir un ego, un “yo.” No es sólo admitirlo como una teoría, un punto de vista budista sobre la vida como es explicado en las Escrituras o los sutras sino estar íntimamente convencido por sí mismo, de que eso nos dirige, nos impregna. Ser íntimo con uno mismo, es ser “uno” con esa dimensión del no-ego.

Hay otro grado de intimidad con uno mismo, es ser realmente “uno” en el instante con lo que hacemos. No hay más sí y lo que hacemos sino un cuerpo verdaderamente “con” (por ejemplo con zazen). Si no, todavía estamos en el orden de la observación. La verdadera intimidad, es abandonar incluso la posición del observador. Es particularmente posible en zazen y mucho menos en la vida cotidiana. En zazen no hay decisión que tomar, acción que emprender, palabra que pronunciar, así es que es posible abandonarse totalmente a la práctica, ser íntimo con el acto, ser la cosa misma, ser el objeto de la experiencia. Es la construcción egótica de “sí-mismo” y la conciencia a la que nos adherimos que observa las cosas desde un cierto punto de vista y es ella misma la que se abandona.

Es la intimidad de las dos manos en gassho: sin separación, “uno” con, sin pensamiento, sin conciencia de ser íntimo con nada.

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