miércoles, 5 de octubre de 2011

Genjo Koan

“ES COMO LA RELACIÓN ENTRE EL CLARO DE LUNA Y LA GOTA DE ROCÍO: AUNQUE LA GOTA DE ROCÍO SEA MINÚSCULA, COMO NUESTRA PROPIA EXISTENCIA RESPECTO AL ORDEN CÓSMICO, LA TOTALIDAD DEL CLARO DE LUNA SE REFLEJA EN ELLA”


No desperdiciéis vuestro tiempo y vuestra energía rumiando los pensamientos. La atención y la energía que dais a la práctica hacen que el cuerpo-mente se vuelva receptivo a la energía cósmica y el cansancio desaparece. Cuando lo experimentamos, tenemos tendencia a volver a ello. También es una gran ayuda en la vida cotidiana. Nos armonizamos, naturalmente, con el Dharma, es decir, con la realidad tal cual es.

A partir de su propia experiencia de despertar, el Buda describía la realidad en forma de tres características:

“Todas las cosas son impermanentes”, es algo que experimentamos sin cesar en zazen. Nos armonizamos con esta característica dejando pasar nuestras sensaciones, nuestras percepciones, nuestros pensamientos.

“Todas las cosas son sin ego”, sin sustancia permanente. También lo experimentamos en zazen cuando nos observamos a nosotros mismos. Realizamos que no podemos asir nuestro propio núcleo, la sustancia en sí.

El Maestro Dogen decía que conocerse a uno mismo es olvidarse de inmediato de uno mismo, es decir, olvidar la ilusión que mantenemos a propósito de nosotros mismos; lo que nos impide ver y armonizarnos con lo que es realmente nuestra existencia.

A causa de esto, se manifiesta la tercera característica de la existencia, es decir “el sufrimiento”.

Si hacemos realidad esto, si nos despertamos a la realidad, no sólo de forma intelectual comprendiendo verbalmente a través de conceptos tales como impermanencia, interdependencia, el no-sí, lo que nos hace volver a nuevas nociones a las que apegarnos. Si comprendemos y realizamos íntimamente el cuerpo y la mente en unidad con la realidad, y nos armonizamos con ella abandonando nuestro egocentrismo, entonces, esta tercera característica de la existencia que es el sufrimiento, dukkha, se vuelve nirvana, se convierte en despertar y liberación instantánea.

Esto no quiere decir que la totalidad de nuestra personalidad, de nuestra existencia, de nuestra forma de existir, sea totalmente transformada. Estamos siempre sometidos a las huellas de los condicionamientos pasados.

Sin embargo, si repetimos la experiencia del despertar, de la realización a través de la práctica, entonces, ese súbito despertar, ese despertar inmediato que se realiza en los momentos de práctica justa, nos transforma poco a poco, progresivamente y nuestra manera de funcionar en la vida se armoniza cada vez más con el Dharma.

La enseñanza que nos esforzamos en seguir, las paramitas, las prácticas del bodhisattva y, en primer lugar, los preceptos son, cada vez más, una manera de ser, de actuar de forma natural.

Cada vez es menos posible transgredir los preceptos, cada vez es más fácil compartir con los otros, dar, abandonar nuestra impaciencia, canalizar nuestra energía practicando lo que es justo, permanecer concentrado en todos los momentos, en todos los aspectos de la vida, realizar la sabiduría de comprenderse a uno mismo en relación con los otros; sobre todo, de actuar en consecuencia, es decir, con bondad y compasión respecto al otro.

Con ocasión de un campo de verano, de una sesshin, podemos hacer realidad esto. Podemos dejar que la luz del Dharma ilumine nuestra vida. Aunque el Dharma sea inmenso, aunque nuestra capacidad de comprenderlo sea limitada, como lo expresaba Dogen: “Es como la relación entre el claro de luna y la gota de rocío, aunque la gota de rocío sea minúscula: como nuestra propia existencia en relación al orden cósmico, la totalidad del claro de luna se refleja en esa gota”.

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