POSTSESSHIN MONASTERIO AGUSTINOS RECOLETOS DE MARCILLA NAVARRA, Consol Bofill
SESSHIN, MONASTERIO AGUSTINOS RECOLETOS DE MARCILLA NAVARRA, 2026
Dirigida por el Maestro ANTONIO TAISHIN ARANA
Organiza Dojo Zen Genjo, Pamplona
Shinzan montaña profunda
Nos encontramos un nuevo año en Navarra, esta vez un amplio grupo de personas de muy diferentes lugares, desde Mallorca, Francia, Almería hasta León. En esta sesshin, no en silencio, pero si respetando una atmósfera de silencio, el silencio en las sentadas ha sido protagonista. Sentarse, cada cual con su ambiente de quietud, gestionándose, a la espera del momento en que el silencio será roto con un Kusen tal vez, y no llega ese momento, más que cuando el Godo pide el kyosaku y éste golpea la espalda. El Godo deja que cada uno se quede consigo mismo, atienda a la inmovilidad, se relacione con el silencio o con su ausencia.
Pero si, junto a la enseñanza del silencio ha habido la enseñanza por la palabra, kusens, teishos, mondo, entrevistas.
Y aún, ese momento de conocernos un poco más en la noche del sábado junto a un vaso de buen vino, alegre iniciativa que nos legó el maestro Deshimaru.
Los zapatos bien alineados, hermosa imagen de orden y equilibrio, no únicamente una cuestión estética, sino un gesto que ensaya el delicado hacer de cada día, la atención que cuida, que cuenta con el otro.
“Atención, atención, atención” responde el maestro a la pregunta del discípulo ante la incredulidad de éste por tan simple consigna para avanzar en la vía, nos recuerda el Sussho Artur Shôgyô en su teisho. Y sin embargo, comprobamos cada día la intrínseca y real dificultad que comporta afilar la espada, tal vez tan solo porque no se acaba de saber para qué se la afila.
Nos hacemos películas y nos atrapamos en ellas, nos dice Paco Doshu en su teisho. Nos creemos nuestro personaje y tiramos y tiramos enredándonos más y más. Solo hace falta parar, sentarse y sentirse y observar toda esa ficción que nos arrastra, en la que nos perdemos.
Desconocemos qué es esa intimidad a la que entregarnos, no cabe sino persistir en la presencia, estar, practicar, atender y dejar que se nos abra, que nos oriente. Llega la clara visión de lo que es al salir del argumento, al parar la película.
No hacer, decimos, pero en el zen no todo, no siempre, se trata de dejar pasar, nos dice Antonio Taishin, tampoco todo es concentración. Cultivamos el espíritu de indagación para acceder a la realidad de uno mismo. No te fíes de quien dice “no hacer”, dijo algún maestro, tampoco de quien dice “hacer”. Las paradojas del zen. Nos movemos en el inasible espacio del hacer sin hacer, del pensar sin pensar, hishiryo, más allá del pensamiento, y desde aquí cultivamos la indagación, una puerta a la montaña profunda.
La curiosidad, la flexibilidad, la alegría, el asombro del espíritu creativo nos acercan al insondable espacio que se abre a medida que se sueltan apegos y convencimientos.
Entrar en la montaña profunda es salir de la ficción, es dejarnos abrazar por la propia intimidad, ser naturaleza.
Entrar en la montaña profunda requiere intención y fina atención. No se entra si no se sale. Adentrarse en el bosque, vislumbrar el claro, nos dice Zambrano.
No se desvanece la conciencia Alaya, ese fardo que cargamos, pero se puede salir, andar en paralelo, como quien suelta la tensión de la cuerda que retenía la flecha.
Cada uno de nosotros, una perla de la red de Indra, esa hermosa metáfora del universo que nos habla de la Interpenetración de todas las cosas. Cada perla refleja todas las otras al infinito. Si una mano invisible levantara delicadamente una zona de la red, nos dice el godo, todos los reflejos cambiarían, la luz incide en otro modo, la imagen seria otra.
Y surge el poema de Ryokan, relacionado con el basta con ser de la enseñanza:
Dicen que no sirvo para nada,
Y esta mañana
Cuando iba donde yo quería,
Por donde yo quería,
He hecho un camino
Entre los juncos.
Ryokan como el viejo roble del que nos habló Artur Shôgyô Duch que, mientras el carpintero lo despreciaba por viejo e inútil, él se erguía en todo su esplendor y cobijaba a todos los que necesitaran su sombra.
Qué soy yo es la pregunta, más allá del quien, pregunta que guarda una gran capacidad evocadora que nos conduce a la esencia.
Apartar la mirada de la zanahoria. En el zen se trata de ir siempre más allá, más allá del más allá. Adonde se llegue, más allá.
Y lo más lúcido, el pedo de Kodo Sawaki. Esa irrupción orgánica y necesaria que aleja de golpe toda veleidad, cualquier elucubración.
Curiosa sede la que nos alberga, a nuestra Shanga que aspira a “habitar esta tierra cenagosa, con la pureza de la flor de loto”. El impresionante convento de los Agustinos Recoletos, reflejo de poder y riqueza, algo tan alejado de la vía del Buda que vestía con esos retales rescatados de viejas telas, a los que aun hoy rendimos homenaje con nuestra costura sin nudos.
Nos acogen, sin embargo con cariño y gran hospitalidad. En lo insondable de lo invisible se unen nuestros corazones.
El silencio de este lugar vela nuestro propio silencio.
Entre sentadas, cosemos esos puntos sin nudos que tanto nos delatan. Y nos estiramos y abandonamos al suelo en Feldenkrais en un intento de gestionar esa fuerza de gravedad que ata y tensa el gesto e impide el fluir del movimiento.
Buscamos ir conectando, ir adentrándonos en la montaña profunda.
Y ya no queda espacio para una labor creativa, los recortables que proponía Dogen, que junto con la atención al cuerpo y la práctica de Zazen, conforman los tres pilares en nuestra práctica de la vía, nos dice el Godo. Sin embargo, como algunos reivindicaron durante el mondo, el ser creativo no requiere necesariamente de una acción concreta, forma parte inmanente del ser y requiere cultivarlo, disponibilidad y actitud. El pensamiento creativo no es una cualidad sino un don del ser humano.
“la creatividad es un estado del ser en el que el yo está ausente, en el que la mente ha dejado de ser el foco de nuestras experiencias y únicamente en ese estado la realidad puede manifestarse”[1]
Como Ryokan caminando entre los juncos, solo hace falta dejarse ser, no interferir. Vivirse en la senda de la ecuanimidad, la compasión, el discernimiento y el gozo.
Se acaba la sesshin, regresamos con el espíritu tranquilo, el corazón abierto y la mente clara. Recordando el final del Kusen: que nada detenga nuestro paso alegre.
Inmensa gratitud al Godo y a todos los que han hecho posible este encuentro.
Consol Bofill, julio de 2026







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