El capitalismo y la ciencia de la felicidad / El hombre más feliz del mundo, Eduardo Donin García
EL CAPITALISMO Y LA CIENCIA DE LA FELICIDAD
El hombre más feliz del mundo
Hace poco me enteré del Congreso sobre la felicidad celebrado en el año 2013, y patrocinado por una determinada bebida de moda. Aunque haya llovido mucho desde entonces, la noticia me dejo perplejo. La ciencia anunció que el hombre más feliz del mundo era el monje budista tibetano Matthieu Ricard y verlo patrocinado por la bebida, que es símbolo sin lugar a dudas del capitalismo y del poder corporativo globalizado, me dejó en estado de shock. Ver a un monje budista al lado de dicho logotipo era demasiado. En una primera impresión me dije a mi mismo: “Sólo falta que algún día el ropaje de los monjes acaben como las camisetas de los equipo de futbol, y que por falta de dividendos tengan que llevar en el hábito algún patrocinio”.
Personalmente creo que el mundo de la meditación, de la espiritualidad, debería todavía ser sagrado, y no ser profanado por los tentáculos de la sociedad de consumo. El capitalismo, como el rey Midas convierte en oro todo lo que toca, convierte en objeto de consumo todo lo que anuncia. Para este sistema económico nada hay sagrado, ni siquiera un monje contemplativo. Esa primera impresión me llevó a ir al núcleo del asunto. Matthieu Ricard fue catalogado por la ciencia como el hombre más feliz del mundo, pero ¿qué había detrás de aquella noticia? ¿Qué había de verdad y de mentira en todo ello?
La universidad de Wisconsin había hecho un experimento con un número determinado de personas entre las que se encontraba nuestro monje. Les colocaron 256 sensores, y Ricard que en aquel entonces, llevaba ya más de media vida dedicada a la meditación, había presentado una magnitud de activación inusual en las áreas del cerebro donde se sitúan las emociones positivas. Se midieron las ondas cerebrales de cientos de personas, y a partir de ahí lo denominaron el hombre más feliz del mundo. Pero cuando Matthieu fue preguntado por todo ello, la respuesta fue sorprendente: “Esta designación es una gran broma y no tiene ninguna base científica”. A lo que añadió: “¿Cómo puede nadie conocer el nivel de felicidad de 7000 millones de seres humanos? No tiene sentido, desde luego desde el punto de vista científico”. Todo parecía ser una burda manipulación. Ser catalogado como el hombre más feliz del mundo debe de pesar, sobre todo cuando el título parece una obra macabra de la publicidad que busca por supuesto sus propios intereses. Sin embargo, Matthieu comparte título con Eddie Jaku, un superviviente de Auschwitz, que a diferencia de Ricard, no fue catalogado como el hombre más feliz del mundo, según la ciencia, sino que con cien años, se siente el hombre más feliz del mundo. Eddie después de vivir el mayor de los horrores, se comprometió según sus propias palabras, a sonreír todos los días, y a vivir el resto de su vida con gratitud. Para Eddie el secreto está en trasformar el dolor en esperanza. Este sobreviviente escribió sus memorias tituladas “El hombre más feliz del mundo”. Al fin y al cabo la felicidad es un asunto subjetivo, difícilmente objetivable, o medible.
No es lo mismo ser catalogado objetivamente por la ciencia como el hombre más feliz del mundo, que sentirse subjetivamente como el hombre más feliz del mundo. Personalmente pienso que esto último tiene más valor, porque pongamos por caso, que nos lleven por la fuerza a escanearnos el cerebro, y demos positivo en todos los parámetros que la ciencia considere, que son necesarios para ser catalogado como objetivamente feliz, y sin embargo, nos sintamos profundamente infelices.
Hay quien puede pensar que eso es imposible, porque existe un correlato neuronal, para el stress, para el dolor, o para la felicidad. Un correlato neuronal para cada estado cerebral, y aceptar lo que en filosofía de la mente se denomina “teoría de la identidad” que nos dice que los estados mentales son estados cerebrales. Que todo estado mental es un estado del cerebro, y no hay nada más. Sin embargo, ciertos filósofos mantienen la existencia de los denominados quale o qualia que es el carácter subjetivo de la experiencia. Que traducido es el cómo se siente al tener cierta experiencia, y esa sensación es de acceso exclusivamente privado. Según los defensores de los qualia, éstos no pueden ser captados por una neurociencia de la fisiología del cerebro. Por tanto, el comprobar que nuestro cerebro desprende determinado tipo de ondas cerebrales, no nos dice nada sobre cómo se siente uno mismo, al estar en esa experiencia. ¿Cómo siente subjetivamente Matthieu Ricard su experiencia de felicidad? No lo sabemos, sólo Matthieu Ricard lo sabe. Sólo podemos hacer una analogía y proyectar nuestra propia experiencia de felicidad, y pensar que debe de sentirse de dicha manera. Si somos asiduos a la meditación y a las enseñanzas podemos comprender un poco mejor a Ricard, y entender su sonrisa.
Alguien puede preguntar ¿Qué se siente al practicar zazen? Sólo practicando puede saberse. Además nunca practicamos el mismo zazen. Cada zazen es único. Sin embargo, las neurociencias parecen corroborar que una práctica continuada de la meditación tiene una influencia positiva en nuestro cerebro y que se modifican los mapas neuronales. Es posible, que la neurociencia nos justifique sobre todo ante personas que piensan que estamos haciendo el tonto mirando a la pared. Objetivamente la ciencia puede darnos ese correlato neuronal, plasmar lo que subjetivamente ya sabemos o ya hemos saboreado. El qualia de zazen.
Sin embargo, a pesar del apoyo moral que puede darnos la neurociencia, o la publicidad positiva, de catalogar a un monje tibetano como el hombre más feliz del mundo, eso no va a hacer que la gente se siente a meditar. Si Matthieu Ricard ha dedicado gran parte de su vida y de su tiempo a meditar, es porque hacen falta ciertas virtudes algo denostadas en nuestra sociedad de consumo, como son la perseverancia, la paciencia, o el abandono del ego. Hace falta elegir meditar, en medio de un montón de ofertas y reclamos, es decir, en medio de un montón de otras cosas por hacer, que nos reclaman. Y a priori son más apetecibles.
En medio, no sólo de un mundo materialista y consumista, sino en medio de un materialismo espiritual, o de un consumismo espiritual, donde un montón de técnicas de meditación, se hacen hueco a través del marketing, pidiendo el mismo reclamo, al unísono. Como si fuera un producto más a consumir. Superando y desbordando la capacidad de elegir. Y la capacidad del discernimiento de cualquier individuo de nuestra sociedad. Técnicas que en muchos casos se quedan en la superficie, sin llegar al fondo del “asunto” ¿Dónde está el soporte teórico y experiencial que de un cuerpo sólido y necesario a lo que se vende como una técnica aislada? Para mí, la respuesta es clara, en las tradiciones que como un rio, han seguido y perdurado en el devenir de los siglos. Si existe una ciencia de la meditación, ésta es anterior incluso al mismísimo Buda.
Volviendo a nuestro amigo Ricard, ¿qué significa para Matthieu ser feliz? Esa información importa tanto como sus ondas cerebrales, y Ricard responde a esa pregunta: “La verdadera felicidad es una forma de ser, un estado adquirido de integridad que subyace e impregna toda experiencia”. De lo que nos habla Ricard es de la forma en la cual el budismo tibetano entiende la felicidad. Que es lo que el príncipe Siddhartha, antes de convertirse en el Buda Shakyamuni vio reflejado en el rostro del monje, después de haberse encontrado con el anciano, el enfermo y el muerto. Y se dijo a sí mismo que era “eso” lo que deseaba encontrar.
Eduardo Donin García

Comentarios
Publicar un comentario