Ryokan parte con Kokusen , poema de despedida


 

RYOKAN PARTE CON KOKUSAN

 

Para seguir al maestro Kokusen, Ryokan necesitaba el apoyo de su padre. Inan, que no estaba muy de acuerdo con la vía que estaba siguiendo su primogénito y menos todavía con que se fuera de Echigo.

La decisión de Ryokan implicaba que tenía que dejar su puesto como alcalde y como ministro del culto shinto. Yushi, su hermano, con quien tenía una relación muy estrecha y cómplice, y también poeta como él, aceptó la función de myoshu relevando a Ryokan, por lo que el padre, finalmente, accedió a su partida.

Al acceder su padre, Ryokan expresó a Kokusen el deseo de recibir la ordenación. Al día siguiente ambos partieron de viaje a Tamashina, al borde del mar interior de Japón, en un viaje que duró nueve meses.

Genjo, Inan, Hide y toda la gente cercana los acompañaron hasta la salida de Izumozaki para decirles adiós.

 

   Por el cielo

   pequeñas bandadas de garzas,

   crepúsculo de otoño.

 

 

En el poema de despedida Ryokan cuenta que parte como nube errante, como agua que fluye, unsui: nube y agua, el nombre de los monjes zen.

 

                                               Poema de despedida

 

Sintiendo en mi corazón la impermanencia,

con el corazón compasivo,

me he vuelto hacia las gentes de este mundo efímero.

 

Separándome de mis padres y hermanos.

he abandonado mi casa

 

En el momento

en que como nube errante entre nubes,

como agua fluyendo sin saber dónde

partía de viaje

-la hierba iba a ser mi almohada-.

 

En el momento de decirle adiós a mi madre,

-¿pensaba que este iba a ser el último adiós

que me decía en este mundo? -

ha tomado mis manos entre las suyas llorando,  

y durante largo tiempo

me ha mirado fijamente.

Es como si ahora

aún estuviera delante de la imagen de su rostro.

 

Al pedirle permiso a mi padre,

me dijo: que no diga la gente

que has dejado este mundo en vano.

 

Aún me parece oírle.

 

El amado corazón de mi madre,

siempre me acompaña.

Día y noche me vienen

las austeras palabras de mi padre:

Que no se mancille la enseñanza de la ley.

 

El amoroso corazón de mi madre

Y las austeras palabras de mi padre

Serán mi compañía.

y su recuerdo.

 

 

En 1799, Kokusen ordenó a Eizo como tokudo, shuke –sin morada- y recibió el nombre de Ryokan (Bueno, Vasto). Ambos comenzaron un viaje que los llevó del templo de Kosho hasta el de Entsu-ji: durante cinco meses, hasta comienzos de octubre, recorrieron juntos y a pie más de 1200 kilómetros, visitando en su viaje hacia el sur templos y monasterios donde buscaban abrigo para dormir hasta llegar a Tamashina, ciudad del mar interior y de clima suave, a medio camino entre Osaka y la actual Hiroshima, que tanto bien hizo a Ryokan, llegado del país de las nieves.

 

Antes de franquear la puerta del templo de Kokusen, Entsuji, ambos se detuvieron y el maestro le dijo a Ryokan: “Este es el templo en el que vas a practicar. Es muy diferente del templo del que vienes. Vas a encontrar muchas dificultades, pero considéralas como práctica de la Vía. Nunca olvides la decisión que has tomado”.

“La vía está bajo nuestros pies” y en esta opción de hacerse monje zen, Ryokan encontró la libertad.

  

Desde que abandoné mi hogar

he dejado mis huellas en la bruma y en las nubes.

 

A veces mezcladas con las de los pescadores,

a veces con las de los leñadores,

otras, con las de los niños en sus juegos.

 

¿Cómo querría estar cerca de  reyes y señores?

¿Para qué parecerme a un santo o a un dios?

¿Para qué estar en el monte Song?

 

Soy allí  donde estoy.

 

Jugando apaciblemente,

abandonado al ritmo de cada día,

así quiero acabar mi vida.

                ***

      

 

En mi juventud abandoné mis estudios

y aspiré a ser un santo.

 

Viviendo austeramente como un monje mendicante,

vagué de un lado a otro durante muchas primaveras;

 

finalmente regresé a casa para instalarme

bajo una cumbre escarpada.

 

Ahora vivo pacíficamente en una cabaña de hierba,

escuchando la música de los pájaros.

Las nubes son mis mejores vecinos.

 

Abajo tengo un manantial de agua pura

donde refresco cuerpo y alma,

arriba, pinos y robles elevadísimos

que me proporcionan sombra y leña.

 

Libre, tan libre, día tras día

que nunca quisiera marcharme.

 

El templo de Kokusen respondía al nombre de Entsu-Ji, tomado de la expresión de Dogen del Shobogenzo, que significa “la verdad en su origen va más allá del mundo relativo y lo atraviesa totalmente sin encontrar obstáculos”.

Un día Kokusen dio una charla sobre el Shobogenzo de Dogen y para Ryokan fue una revelación. Lo estudió y lo puso en práctica con el rigor que le caracterizaba. Sobre todo le gustaba copiar el texto Aigo, Palabras de amor: “Lo más importante es dejar que broten las palabras de amor que reflejan el fondo de un corazón compasivo, vasto y generoso…De generación en generación, de existencia en existencia, no olvidéis nunca pronunciar palabras amorosas. Cuando alguien recibe directamente estas palabras su rostro se ilumina de gozo y su corazón de contento”.

 

Kokusen, que apreciaba realmente a Ryokan, insistía mucho sobre la práctica de zazen, pero también en la importancia del trabajo físico, del samu, lo que se reflejaba en la vida diaria del templo.

 

El ritmo comenzaba a las tres de la mañana con el despertar, levantarse, lavarse.

 

En el bosquecillo sombrío

suena la campana del alba.

 

En varios poemas recordaría la vida que llevaba en Entsuji.

 

Volviendo atrás en la memoria,

recuerdo mis días en Entsu-ji

y la solitaria lucha para encontrar el camino.

 

Al cargar la leña  recordaba a Layman Ho;

cuando molía el arroz,

venía a mi mente el sexto patriarca.

 

Siempre estaba en primera fila

para recibir la enseñanza  del maestro

y nunca me perdí una hora de meditación.

 

Treinta años han pasado

desde que abandoné las verdes colinas

y el azul mar de aquel maravilloso lugar.

 

¿Qué ha ocurrido con todos mis condiscípulos?

¿Cómo puedo olvidar la amabilidad de mi

amado maestro?

 

Al recordarlo las lágrimas no cesan de fluir

mezclándose con la arremolinada corriente

de este arroyo de montaña. (2)

 

Antonio Taishin Arana (dojo zen Genjo Pamplona/Iruña)

“Primavera, verano, otoño invierno…y primavera

La vida de Ryokan monje y poeta zen”

Editorial Milenio 2021

 

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