Roland Yuno Rech, La consciencia de la sangha, segunda parte .

 

                                                                     Ilustración: Artur Shogyo Duch

 

SEGUNDA PARTE

Puerta 10 – La consciencia de la Sangha

“La consciencia constante de la Sangha, 

ya que ella conduce inevitablemente a la verdad”

La práctica de los monjes zen

En lo que concierne a los monjes, en la época de Buda, formaban parte de esta categoría los que lo habían abandonado todo por la práctica espiritual. No era sólo el budismo el que proponía esta vía. También en el hinduismo, había muchos ascetas, yoguis que se retiraban del mundo y vivían solos en el bosque.

En nuestra época, esta manera de practicar la Vía es cada vez menos frecuente. En la escuela zen soto, los monjes están casi todos casados, viven en familia en su templo, pero hasta ahora, la enseñanza de Buda a los monjes debe continuar e inspirar nuestra práctica. Aunque no nos retiremos al interior de un bosque o a una montaña, aunque no cortemos todos los lazos con una familia y con la vida social, hacerse monje o monja es lo más importante de la vida pues significa hacerse uno con la Vía. Es colocar la realización del Despertar, de la gran liberación, como la prioridad absoluta en nuestra vida y consagrar nuestro tiempo y nuestra energía, no sólo a practicar, sino a enseñar y ayudar a los otros a practicar. Es la vocación fundamental de los monjes y las monjas. Aunque no cortemos nuestras relaciones con la familia y la vida social, en tanto que monjes, no deberíamos depender de ello. Este es un punto importante: Podemos permanecer unidos a nuestra familia, vivir en medio del mundo social, a condición de no depender de las ilusiones familiares, sociales, que esas ilusiones no interfieran nuestra práctica, sino que, al contrario, nuestra práctica ilumine esas ilusiones. Para ello, es preciso realizar interiormente el desapego.

Es igual que en zazen. En zazen, los pensamientos, las sensaciones, las emociones surgen sin cesar. El propósito de zazen no es cortar con las producciones mentales, lo que equivaldría a la muerte, pero tampoco depender de ellas, no estar condicionado por ellas, no apegarse a ellas. Así, ser monje o monja, es vivir en el espíritu de zazen con los fenómenos, con los pensamientos, los sentimientos, las emociones, las sensaciones, todas las cosas que hacen la vida, pero ya no estar apegado a ellas, no depender de ellas, no ser condicionado por ellas. Concebir así la existencia en tanto que monje o monja presenta el mérito infinito de permitir practicar con los otros, sin retirarse del mundo, dar el ejemplo de una práctica que muchas más personas pueden adoptar que la de un asceta retirado en la montaña. Y además, esta práctica tiene la ventaja de irradiar alrededor de uno mismo, no sólo a los pájaros, los peces, sino a todos los seres humanos, a los que están atrapados en las dificultades y los sufrimientos de la vida. Por ello en las ceremonias de ordenación, cuando los futuros monjes y monjas se prosternan ante sus familiares, no decimos que abandonan a sus familias, que las dejan definitivamente para no tener contacto con, como se hace en el cristianismo, sino que abandonan el lazo de apego a la familia que no tiene nada que ver con el amor auténtico. Amar verdaderamente a la familia, amar a los seres que viven en el mundo social, no es alimentar lazos de apego, sino un lazo espiritual que consiste en ayudar a cada uno a evolucionar hacia la liberación, por consecuencia la felicidad auténtica, durable.

Tradicionalmente, los monjes y monjas tienen más preceptos que los discípulos laicos pero, hoy en día, sus diferencias disminuyen pues muchos monjes no viven en monasterios y es, sobre todo, el espíritu que anima su existencia el que hace la diferencia. El espíritu del monje y de la monja es el espíritu de alguien que coloca la práctica de la Vía por encima de todo.  Entonces eso no es fácil, es por lo que cuando alguien quiere hacerse monje o monja, pido siempre un periodo probatorio de un año, para verificar si somos verdaderamente capaces de colocar la práctica de la Vía con los otros, con la Sangha antes de todo. Algunos verían ahí una especie de sufrimiento, pero en realidad, cuando seguimos esta vía, su práctica se hace realización, cada día, cada instante. Y lo que se sacrifica, es una ilusión: hábitos, apegos no satisfactorios. Lo que se realiza es una vida despierta que toma todo su sentido, que es animada por el Dharma, el deseo de armonizarse con la enseñanza de Buda y lo que nos revela la práctica de zazen.

En japonés, el monje es shukke, alguien que ha dejado su morada. Podríamos traducirlo por alguien que ha dejado su ego, ya no se deja dirigir por él, sino que es dirigido por la Vía que se ha hecho más fuerte que sus deseos egoístas. En castellano, monje proviene de la palabra griega monos, que quiere decir, a la vez, “solo” y “uno”. Podemos ser uno sin estar sólo. Ser uno con la práctica de la Vía permite, precisamente, no estar sólo jamás, sino estar totalmente unido a todos los seres por la raíz de lo que anima nuestra vida y de lo que llamamos la fe que, como decía Sosan al final del Shin jin mei: “La fe es no dos, no dos es el espíritu de fe.” Podemos decir que el monje o la monja es el o la que está animado por el espíritu de confianza en el Despertar con todos los seres.

Los discípulos de Buda realizan el despertar aquí y ahora

Ser un discípulo de Buda, es recordarse siempre la verdadera significación de la práctica, su dimensión espiritual, no dejar que se transforme en técnica de bienestar psicosomático y recordarse que todas las enseñanzas y todas las prácticas en el budismo zen, como en todas las escuelas budistas, tienen por sentido realizar el Despertar, no sólo, como para muchos budistas, al final de un largo caminar que puede tomar muchas vías, sino aquí y ahora, en la práctica justa, que es el punto esencial de nuestra escuela Soto y de la enseñanza del Maestro Dogen.

Las prácticas, y en especial zazen, no son medios para llegar a despertarse más tarde tras numerosos esfuerzos, sino que son, en particular zazen, realización del Despertar aquí y ahora, siempre que se practique de manera justa, es decir, no esperando un resultado más tarde, un Despertar, un satori en el futuro, sino absorbiéndonos totalmente en la práctica de aquí y ahora abandonando el espíritu de discriminación, no creando dualidad, y para ello, estando totalmente concentrado en el cuerpo y en la respiración.

Este era el punto esencial de la enseñanza del Maestro Dogen. Desde el origen, en el Fukanzazengi, decía que el zazen no es un aprendizaje de la meditación, sino la práctica realización, en una palabra, de un Despertar perfecto. En lo que concierne a los discípulos laicos, los bodhisattvas, y que en nuestros días no son muy diferentes de lo que son los monjes; es decir que practican sin abandonar en mundo social ni la familia, es importante recordarse que, aunque vivamos en el mundo social, familiar; no deberíamos apegarnos a ellos demasiado, lo que no quiere decir no amar a la familia sino amarla de una forma profundamente espiritual, es decir, deseando el Despertar de cada uno, no contentándose sólo con  desear satisfacer los deseos ordinarios de cada uno. Vivir en el mundo social sin apegarse demasiado, es recordarse que todas las cosas son impermanentes y, finalmente inasibles y que el apego es la causa principal del sufrimiento pues, finalmente, no podemos conservar eso a lo que estamos apegados. Así, la inquietud por perder aquellos a los que amamos, la cólera por no poder obtener aquello que deseamos son las principales causas de sufrimiento.

Cuando comprendió esto, el Buda decidió transmitir la práctica que permite verdaderamente la liberación, el soltar presa, el no apego, lo que no quiere decir el no amor sino el no amor egoísta. El apego es, en el fondo, amarse a uno mismo; estamos apegados al otro por lo que nos aporta. En la práctica del zen es a la inversa. En nuestra relación con el otro, con los otros en general, estamos más preocupados con lo que podemos aportarles, darles, compartir con ellos, con ellas. Así, las relaciones humanas que, a menudo, son fuentes de conflicto, de apego, de sufrimiento, se convierten también en ocasión de practicar la Vía, lo que hace que, sin tener que retirarse de lo social ni de la familia, todos los lugares, todas las circunstancias son buenos lugares, buenas circunstancias para practicar y despertarse.

Extender la Sangha a todos los seres

Es el mérito de la Sangha lo que facilita esta práctica del Despertar a lo cotidiano, pero no hay que limitar la Sangha a la comunidad de los que vienen a practicar al dojo. Por supuesto que, en la base, es sobre todo, esta comunidad con la que compartimos nuestra experiencia de la práctica. Pero, cuando somos discípulos de la Vía de Buda, es importante testimoniar esta experiencia del Despertar alrededor de nosotros y, para empezar, en nuestra familia, en nuestros próximos y así, alargar el círculo de la Sangha pues, en el fondo, todos los seres tienen vocación de despertarse pues todos los seres son la naturaleza de Buda.

Para servir a los propios padres, para ayudar a los hijos a desarrollarse es preciso aprender el cariño, el amor desinteresado hacia todos los seres y para vivir concretamente este amor desinteresado, es preciso abandonar nuestro egocentrismo, nuestros deseos egoístas, de forma que creemos armonía en el seno de la familia, de nuestros próximos y, de próximo a próximo en la sociedad. Dicho de otra forma, hay que evitar oponer la vida de familia o la vida social en general y la vida en el zen, en la Sangha, en la comunidad de los discípulos de Buda y mejor extender ese sentido de comunidad a todos los seres. Ese es el interés que hay en practicar la Vía en la vida cotidiana, en la vida social, sin convertirnos en reclusos encerrados en los monasterios. Por el contrario, es más difícil. Hay todo tipo de causas de distracción, de dificultades en la vida material que hay que superar, que chupan energía, tiempo, que acaparan nuestra mente.

Entonces es tanto más importante recordarse que, todo lo que nos llega, de la mañana a la noche puede ser la ocasión de practicar la Vía, de dar un paso adelante en su realización. Es lo que en el zen llamamos el Genjo koan, el koan es decir la realidad que se actualiza en todos los fenómenos, a condición de estar atentos a lo que pasa en uno mismo y en la relación entre uno mismo y los otros, el mundo que nos rodea. Y la práctica de zazen nos ayuda a estar más atentos, menos distraídos por nuestros pensamientos. Así, el ideal es practicar zazen cada día, particularmente a la mañana y después recordarse lo que es la esencia misma de la experiencia de zazen en todos los aspectos de la vida cotidiana, y así vivir plenamente y sin nostalgias una vida despierta.

Extracto de 108 Luminosas Puertas del Dharma

de Roland Yuno Rech,  

Traducción y publicación

Dojozen Genjo Pamplona/Iruña 

 Libro disponible en 

zennavarra@yahoo.es 

 



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