miércoles, 11 de abril de 2018

Elogio del aburrimiento: Aburrimiento profundo e inquieto de Byung Chul-Han


                                              


 ELOGIO DEL ABURRIMIENTO I

Es posible que el aburrimiento no haya sido visto nunca como una necesidad humana, es más se ha visto siempre como algo que hay que romper a toda costa. Romper el aburrimiento está detrás de innumerables problemas y puede ser posible que salir del aburrimiento nos este metiendo siempre en problemas. 

Los niños se aburren constantemente, y sin embargo tienen una facilidad asombrosa para transformar el aburrimiento en juego. Para ellos el aburrimiento es un desafío creativo. Cuando un niño dice a sus progenitores, ¡joooo!, me aburro; sus progenitores pueden echarse a temblar, no hay nada más peligroso que un niño aburrido, pero no pasará mucho tiempo hasta que sin darnos cuenta haya encontrado un sencillo juego, con la cosa más sencilla.
También podemos describir el aburrimiento como un pasaje, como un desierto que atravesamos y nos conduce hacia una tierra nueva. 

El filósofo Byung Chul-Han distingue dos tipos de aburrimiento. El aburrimiento profundo y el aburrimiento inquieto. 

Nuestros días según Byung se caracterizan por una incapacidad para aburrirse. Esa incapacidad convierte el aburrimiento en inquietud, que no tiene ninguna capacidad creativa, que no conduce a una tierra nueva, que es un deseo continuo de continuar con lo de siempre.
A mi modo de ver, en una sociedad sobre-estimulada cuando el estimulo cesa, aparece lo que ya existía cuando estábamos estimulados, la inquietud.

Diríamos que tanto el deseo del estimulo, como el estimulo provocan la inquietud y nos hacemos conscientes de ella cuando el estimulo cesa.  El estimulo nos ha hecho perder la conciencia de la inquietud. 

Por poner un ejemplo, encendemos el ordenador con inquietud, navegamos por internet con inquietud, y cuando apagamos el ordenador nos hacemos conscientes de esa inquietud. Para romper esa inquietud que no se puede soportar se enciende de nuevo el ordenador y así el individuo queda atrapado en un círculo vicioso que solo se puede romper dejando que la inquietud se disipe y se convierta en aburrimiento.

El aburrimiento profundo puede soportarse cuando este no se ve como una negatividad, como algo que no debiera ser, sino como un pasaje normal dentro de la existencia.

De hecho el filósofo Bertrand Russell, expone que toda gran obra debe tener partes aburridas, que el lector no puede estar en un mismo estado durante toda la lectura. Casi todo lo contrario de lo que ocurre hoy en nuestros días, al menor sentimiento de aburrimiento lo dejamos pasamos a otra cosa, porque hay miles de reclamos que nos van a ofrecer diversión al instante.  Nuestro mundo está preparado para el zapping. Para una búsqueda continua sin aburrimiento que en el fondo es tan solo inquietud. 

Dentro de unos años es posible que el ser humano este incapacitado para leer una novela entera, por no poder soportar esas partes aburridas que sin duda las hay, o porque para leer se necesita una capacidad para concentrarse que el ser humano está perdiendo. Internet no solo está destruyendo el papel sino la capacidad para concentrarse y para aburrirse.

Incluso es posible que alguien que me este leyendo piense, ¡vaya pesado de tío, con la de cosas que me están esperando, necesito un estimulo y no esperar a ver lo que me quiere decir!

Sin embargo a mí no me extraña para nada que alguien piense así independientemente de lo que yo tenga que decir, el otro día escuche a una bloguera que decía que el tiempo para llamar la atención en internet eran de 15 segundos, es el tiempo que le cuesta a un internauta pasar a otra cosa si ésta no le llama la atención. 

Byung definía internet como una caja de resonancia narcisista donde todos quieren llamar la atención. Pero si en vez de llamar la atención uno desea comunicar algo, quizá internet no sea el lugar adecuado. El problema es que esa manera de funcionar también se traslada a nuestras vidas,  y a nuestra mirada al mundo, y a nuestras relaciones con el prójimo.

Eduardo Donín García.

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