Hannah Arendt, El pensamiento y el zen (Una apología de su filosofía), Eduardo Donin García
HANNAH ARENDT, EL PENSAMIENTO Y EL ZEN
Una apología de su filosofía
Entre la vida cotidiana y el mundo político, entendiendo “mundo político” o “estar políticamente en el mundo” como lo entendió Hannah Arendt, como la esfera pública donde los seres humanos exponen su acción y discurso, al contrario de lo que pueda parecer, no hay una gran distancia. Como mantuvo en una reflexión dada desde el feminismo, lo cotidiano es político. Nuestro mundo cotidiano y privado no es más que una pequeña y diminuta porción de la organización, de eso que llamamos “mundo”.
Es fácil constatar como en nuestra vida cotidiana, cada vez faltan más espacios y tiempos para la reflexión personal. Es como si el sistema, no dejará lugar alguno para la reflexión. Del trabajo pasamos a la vida de consumo. Con suerte uno puede encontrar, cierta “paz mental” si dirige sus esfuerzos a alguna de las innumerables técnicas meditativas, que circulan por doquier. Pero desgraciadamente se seguirá pasando por alto, ese espacio para la reflexión, que no es ni concentración, ni comprensión, sino más bien divagación, y calificado muchas veces como verborrea mental que hay que trascender.
En una sociedad con ausencia de reflexión, un mensaje en contra del pensamiento puede llegar a ser peligroso, fruto de ignorar la segunda dimensión del “aquí y el ahora” que no es otra cosa, que los tiempos presentes, pero vistos desde un punto de vista social e histórico. Desde ese punto de vista, la ausencia de espacios de reflexión, dentro de nuestras vidas es una victoria política de las grandes corporaciones con sus intereses, que han generado esta sociedad de masas.
La reflexión en común es una acción política, ya que trasciende las paredes de nuestro cerebro, y ya sea puesta en común con amigos, compañeros de trabajo, compañeros del dharma, o quién sea, se da, y existe un intercambio, y por él, dejamos de ser individuos aislados. Si admitimos la tesis de que el pensamiento y la reflexión es sólo un asunto exclusivamente privado, nos volvemos sujetos cartesianos, y mónadas sin puertas ni ventanas.
Ese diálogo o monólogo interior no puede verdaderamente darse, si no existiera la dimensión social del ser humano que no puede vivir aislado, sino en sociedad. En sociedad uno adquiere un lenguaje, lenguaje sin el cual no existiría el pensamiento. Ese diálogo, o dos en uno como lo llamaba Hannah Arendt, no es sólo un monólogo interior, sino que no puede darse sin el otro. Muchas veces, el monólogo interior es un diálogo con un otro en la imaginación. O es la continuación de una conversación, cuando esa persona con la que has conversado está ausente, o es la continuación de un diálogo que concluyó en la realidad. Es el diálogo el que inspira nuestro pensamiento, ya sea con una persona, con un libro, o con una idea. Continuamos dicho diálogo, en nuestra imaginación, lugar poderoso e imprescindible de nuestra vida. La definición de la imaginación según Arendt, es traer al presente lo que está ausente.
La imaginación es una capacidad de nuestra mente, totalmente necesaria en nuestras vidas. También es cierto que puede jugarnos malas pasadas, pero siempre está el juego, el ir y venir, el “baile” de la imaginación con la realidad. Ahí está el carácter ambivalente de la imaginación. A veces la imaginación nos confunde, otras veces sin la imaginación, no podríamos dar ni un paso. Proyectarse en el futuro, imaginarse en tal o cual situación, además de recordar nuestro pasado es una de las cosas, que nos hace humanos. Por contra, también hay situaciones, en las cuales necesitamos estar totalmente presentes, en el “aquí y el ahora”. Hay situaciones que nos devuelven “bruscamente” al presente, porque en el fondo hay una inteligencia corporal, que sabe que ante todo, la supervivencia se juega en el instante presente.
Volviendo al tema que nos ocupa, no puede darse ese diálogo interior sin imaginación. Ese dos en uno de Arendt no debemos llamarlo como simplemente dualidad, como nuestro “condicionamiento zen”, puede inclinarnos a pensar, sino que es un espacio que hay que cuidar. Gran parte de la calidad de nuestra vida, se juega en ese espacio interior, en la calidad de nuestro monólogo interior, y en la calidad de nuestras conversaciones externas que mantenemos con los otros. De hecho el zen trasciende por principio, la división interior-exterior.
Si desde el zen tratamos el pensamiento, como un asunto privado, hemos caído en la trampa de los tiempos presentes. Si tratamos el pensamiento de esa manera, convertimos al pensamiento en un asunto psicológico, perdiendo este, su dimensión social. Y quien dice pensamiento también dice por ejemplo una dolencia como el estrés. El filósofo Mark Fisher conceptualizo la privatización del estrés. Es decir, perder las causas sociales que generan el estrés en los individuos, para convertirlo en un asunto o problema exclusivamente individual. Algo que el individuo debe de aprender a gestionar, sin tener en cuenta que el estrés es un problema social, producido por determinada forma de vida que nos imponen.
Esto conlleva la imposibilidad de pensar, y buscar una salida colectiva a dicho problema, como cambiar las condiciones de trabajo, o las condiciones de producción y consumo. En ese sentido el estrés puede ser considerado un arma política, y un arma de sometimiento utilizado por el poder, y no sólo una emoción psicológica. Es ese carácter social, tanto del pensamiento como de las emociones, lo que no hay que perder de vista. O en palabras del filósofo Carlos Javier González Serrano, vivimos en la cultura del estrés normativo, donde existe un deterioro de nuestra capacidad para pensar. Como practicantes de zazen, esto no debemos olvidarlo, no podemos tener los ojos ciegos a los aciagos tiempos que nos tocan vivir, ni olvidar el contexto social en el cuál actualmente es expuesto el dharma. Por eso es importante cuidar el mensaje y la expresión con la cual el dharma es expuesto en nuestros tiempos. Sobre todo para evitar errores, y que la gente crea que el zen es “simplemente no-pensar”.
El zen tiene una dimensión social, por el principio de la interdependencia, y ver la dimensión social del pensamiento es una forma de salir de nuestro individualismo particular. Si somos capaces de ver el pensamiento desde la óptica de la interdependencia, y si no lo declaramos tan sólo como “dualismo” entonces habremos dado un paso de gigante. El pensamiento es algo más que dualismo. No porque en sí mismo o ontológicamente no sea dualista, sino porque esa calificación así, a secas, no hace más que reducirlo, y de alguna manera nos corta la vía para comprender sus implicaciones sociales. Por tanto, un “más allá del pensamiento” no implica que el pensamiento me dé igual, o que no podamos preguntarnos ¿Qué significa pensar? Sin recurrir al comodín de la vacuidad.
Por ello hay que ser consciente de que cuando afirmamos que el pensamiento es vacuidad, estamos respondiendo a la pregunta sobre la ontología del pensamiento, pero estamos dejando de lado, su función, su valor, o su significado para nosotros mismos.
De hecho no es lo mismo tener unos pensamientos que otros, que pueden ir desde el más loco optimismo, hasta pensamientos de suicidio. En el pensamiento tenemos toda la gama de color habido y por haber. Y en la vida cotidiana, el pensamiento, no puede reducirse a la aptitud zazenera de “dejar pasar”. Hannah Arendt, quizá porque nunca prácticó zazen se pregunto “¿Qué significa pensar?” De esa pregunta nació en la filósofa de Kroninberg, una clara diferenciación, entre pensamiento, voluntad y juicio. Tres capacidades distintas de nuestra mente, que en términos de Hannya Shingyo, nosotros simplemente llamamos Shiki, o fenómenos mentales. Metiendo todo en el mismo saco.
Hannah Arendt, fue una de las grandes filósofas del siglo XX. Una autora que puede aclararnos algo, aquello de Shiki sin meter la vacuidad por medio, y en cierto sentido ampliar nuestra mirada. Una autora imprescindible para conocer el siglo XX, que es el padre de nuestros tiempos presentes, y nos puede ayudar a comprender esa segunda dimensión del “aquí y ahora” que no es atemporal sino social e histórica. Esta autora nos puede llevar a un zen que no sea tan sólo un ejercicio para reducir el estrés, sino un zen de la interdependencia, que pueda ampliar su propio vocabulario. Un zen que pueda descender de la vacuidad al mundo real. Para ello quizá sea imprescindible Hannah Arendt, que convirtió, con una gran profundidad, la actividad de pensar en un asunto filosófico y humano.
Eduardo Donín García

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